En el duelo,…¿tengo que llorar?

En el duelo…¿tengo que llorar?

La muerte de un ser querido es un acontecimiento al que todo el mundo tiene que enfrentarse, antes de que ocurra el mismo, suelen surgir miedos y preocupaciones por el momento y dudas sobre si la persona lo va a saber sobrellevar.

Es de todos sabido que tras la muerte de un ser querido se pasa por una serie de fases que ayudan a afrontar dicha pérdida:

  1. Negación de la situación
  2. Rabia o enfado
  3. Altibajos emocionales
  4. Reestructuración de la situación

Estas fases no siempre duran lo mismo, ni todo el mundo pasa por ellas. Depende de cada personalidad que se pasen de una manera u otra.

En varias ocasiones han llegado al centro personas preocupadas porque tras la pérdida de un ser querido creen que no han llorado mucho o no han estado lo triste que ellos creían que deberían estar. En estas ocasiones, pueden ocurrir dos hechos:

  • normalmente como consecuencia de situaciones de enfermedades prolongadas, la persona hace el duelo anteriormente a que suceda la pérdida. Es decir se siente triste, abatido o descorazonado antes de que se muera el ser querido, pero esto no es vivido como un duelo sino como una bajada de fuerzas.
  • pérdidas repentinas. En este caso la persona necesita un mayor tiempo para afrontar la situación, permanece un mayor periodo en la etapa de la negación.

Todas las etapas anteriores son necesarias para un adecuado afrontamiento, el problema surge cuando la persona no avanza o su vida se ve deteriorada en exceso por este hecho.

Belén Pozo

Psicóloga

 

Cómo puede ayudar la escritura a tu estado emocional. Aida Mañero Ocarranza

Desde las corrientes psicológicas enmarcadas dentro de los paradigmas cognitivo-conductuales se considera que aquello que produce un sentimiento o una emoción no es una situación concreta en sí, sino que lo que genera la tristeza, la alegría o el miedo por ejemplo, es la interpretación que cada individuo lleva a cabo sobre esa situación en sí. De este modo, una situación X daría lugar a un pensamiento Y el cual a su vez generaría una emoción Z.

Por tanto, siguiendo este esquema serían los pensamientos los que contribuirían a mantener o generar un estado de sufrimiento y malestar en la persona, por lo cual es de suma relevancia poder identificar los mismos con el fin de modificarlos posteriormente.

En este sentido, muchos profesionales invitan a sus pacientes a realizar una especie de diario en el cual se escriban aquellos sentimientos, pensamientos y emociones ante aquellas situaciones que despierten una intensa respuesta emocional. Se trata de una herramienta muy útil, la cual permite identificar esos pensamientos de carácter negativo que dificultan en ocasiones el bienestar para después relativizarlos y modificarlos por otros más adaptativos y funcionales.

Otro posible uso de la escritura en el marco de una terapia psicológica es el de la externalización de los sentimientos y pensamientos, esto es, el empleo de la escritura como una válvula de escape en un espacio dónde se pueda expresar todo aquello que se desee y se necesite en cada momento sin dañar a nadie. De este modo también es posible que, habiendo tomado algo de distancia con respecto del problema, esto es, al haberlo “sacado fuera”, se puedan encontrar soluciones y detalles que de otro modo no se habrían contemplado, abriéndose otras perspectivas. A través de este proceso los individuos pueden adoptar una posición más reflexiva respecto de sus vidas.

Por último, un tercer uso de la escritura es el que se realiza cuando se emplean las cartas dentro del proceso terapéutico. Este método es muy empleado dentro de las terapias denominadas narrativas las cuales consideran el proceso terapéutico como un contexto para la reescritura de las vidas y las relaciones. Mediante diversos tipos de cartas (de invitación, de despido, de predicción…), el profesional pretende que la persona genere y regenere relatos alternativos de su propia historia, tanto pasados como futuros.

Así pues, como se puede desprender de estas líneas, algo tan sencillo aparentemente como es la escritura puede facilitar en gran medida el avance hacia el bienestar personal, permitiendo en unas ocasiones el desbloqueo de los individuos, el cambio de visión en otras o el encuentro de nuevas alternativas diferentes en otras.

La influencia de lo que pensamos en nuestro estado de ánimo. Aida Mañero Ocarranza

“Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mi. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada una herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como este le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo. Así nuestro hombre sale precipitadamente a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir “buenos días”, nuestro hombre le grita furioso: “¡quédese usted con su martillo, so penco!”. (“La historia del martillo”, sacado de “El arte de amargarse la vida”, Paul Watzlawick, Herder (2003).

 Esta pequeña historia puede resultar graciosa e incluso absurda para el lector, sin embargo, es más habitual de lo que en un principio se piensa que se den secuencias de este tipo. Así, es posible comprobar cómo todo aquello que se piensa influye de forma directa en el propio estado de ánimo, provocando que uno mismo se pueda sentir de mejor o peor humor, más o menos triste o alegre.

 En este sentido, autores relevantes demostraron que, no es una situación concreta lo que produce de forma directa una emoción, sino que más bien sería la interpretación que el individuo hace de dicha situación y sus pensamientos lo que generarían un estado emocional concreto. Estos autores lo denominaron modelo A-B-C, donde A es la situación o acontecimiento que ocurre, B son los pensamientos e interpretaciones que genera A en el individuo, y C es el estado emocional resultante.

 Siguiendo este modelo, no me enfada que mi pareja no me haya regalado nada en nuestro aniversario, sino que más bien me produce enojo la interpretación que yo hago de ese hecho y las ideas que me van surgiendo al respecto (“ya no le importo en absoluto”, “se ha olvidado de mi porque ya no le gusto”, “todo lo demás es más importante que yo”).

 Comprendidas estas cuestiones, ¿cómo se hace entonces para no dejarse llevar por las propias interpretaciones constantemente y entristecerse o enojarse, en ocasiones sin sentido? Para poder conseguir esto,

 –        en primer lugar sería necesario poder detectar e identificar esos pensamientos e ideas surgidas, que tienen como consecuencia un estado emocional u otro,

–        en segundo lugar, una vez identificados tales pensamientos, lo adecuado sería someterlos a una “prueba de realidad” para comprobar cuán distorsionados pueden llegar a estar, ya que en la mayoría de las ocasiones dichas ideas no serán del todo reales y racionales sino más bien todo lo contrario. El objetivo entonces es poder acercarse a la realidad todo lo posible. (“¿Realmente es cierto que mi pareja se haya olvidado de mi porque ya no le gusto?”, “¿puede haber alguna otra razón por la que se haya olvidado del aniversario?”).

 Con todo esto, es posible observar cómo de potente es la propia mente y cómo influye en la forma en la que uno mismo se puede encontrar a nivel anímico, por tanto, es necesario estar alerta para no dejarse llevar y correr así el riesgo de ser “engañado” por uno mismo.

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