La influencia de lo que pensamos en nuestro estado de ánimo. Aida Mañero Ocarranza

“Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mi. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada una herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como este le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo. Así nuestro hombre sale precipitadamente a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir “buenos días”, nuestro hombre le grita furioso: “¡quédese usted con su martillo, so penco!”. (“La historia del martillo”, sacado de “El arte de amargarse la vida”, Paul Watzlawick, Herder (2003).

 Esta pequeña historia puede resultar graciosa e incluso absurda para el lector, sin embargo, es más habitual de lo que en un principio se piensa que se den secuencias de este tipo. Así, es posible comprobar cómo todo aquello que se piensa influye de forma directa en el propio estado de ánimo, provocando que uno mismo se pueda sentir de mejor o peor humor, más o menos triste o alegre.

 En este sentido, autores relevantes demostraron que, no es una situación concreta lo que produce de forma directa una emoción, sino que más bien sería la interpretación que el individuo hace de dicha situación y sus pensamientos lo que generarían un estado emocional concreto. Estos autores lo denominaron modelo A-B-C, donde A es la situación o acontecimiento que ocurre, B son los pensamientos e interpretaciones que genera A en el individuo, y C es el estado emocional resultante.

 Siguiendo este modelo, no me enfada que mi pareja no me haya regalado nada en nuestro aniversario, sino que más bien me produce enojo la interpretación que yo hago de ese hecho y las ideas que me van surgiendo al respecto (“ya no le importo en absoluto”, “se ha olvidado de mi porque ya no le gusto”, “todo lo demás es más importante que yo”).

 Comprendidas estas cuestiones, ¿cómo se hace entonces para no dejarse llevar por las propias interpretaciones constantemente y entristecerse o enojarse, en ocasiones sin sentido? Para poder conseguir esto,

 –        en primer lugar sería necesario poder detectar e identificar esos pensamientos e ideas surgidas, que tienen como consecuencia un estado emocional u otro,

–        en segundo lugar, una vez identificados tales pensamientos, lo adecuado sería someterlos a una “prueba de realidad” para comprobar cuán distorsionados pueden llegar a estar, ya que en la mayoría de las ocasiones dichas ideas no serán del todo reales y racionales sino más bien todo lo contrario. El objetivo entonces es poder acercarse a la realidad todo lo posible. (“¿Realmente es cierto que mi pareja se haya olvidado de mi porque ya no le gusto?”, “¿puede haber alguna otra razón por la que se haya olvidado del aniversario?”).

 Con todo esto, es posible observar cómo de potente es la propia mente y cómo influye en la forma en la que uno mismo se puede encontrar a nivel anímico, por tanto, es necesario estar alerta para no dejarse llevar y correr así el riesgo de ser “engañado” por uno mismo.